Misericordia: San Juan 4, 7 – 26

Misericordia - Jesús y la samaritana

Señor, antes de profundizar en tu misericordia, deseo asumir que eres infinitamente superior a mí, que eres perfecto, tanto en tus acciones como en tus intenciones, por lo tanto, sé que de ti solo puede esperarse el bien absoluto.

En tu corazón hay sentimientos de infinito amor por mí, además, reconozco que todas mis acciones, intenciones y pensamientos no se pueden ocultar ante Ti, Tú lo sabes todo, lo conoces todo y lo prevés todo, por lo tanto no hay nada en mí que no conozcas.

En mi vida hay cosas que yo no le confío a nadie, tengo pensamientos, sentimientos e intenciones que nadie conoce; si hago un recorrido mental, tanto por mi historia como por mi presente, puedo contemplar momentos difíciles, grandes dudas y oscuridades que espero que nadie sepa, pues me avergüenzan y me hacen sentir incómodo. (En este punto me detengo a pensar con calma acerca de mi vida y las situaciones que no quisiera que nadie supiera, aquello que pertenece a mi intimidad).

Señor, a veces por mi cabeza pasan pensamientos poco gratos, en ocasiones trato de ocultar mis verdaderos sentimientos, porque no deseo que nadie conozca lo que estoy viviendo o lo que está pasando por mi corazón…

Pensando en esto Señor y comparándolo con tu perfección, quiero cuestionarme si estoy preparado para sentarme a tu lado en el Banquete del Reino Celestial, medito acerca de la fidelidad y el amor que has tenido con El Padre y lo comparo con mi fidelidad y amor hacia Él…

Para entender la Misericordia de Dios, deseo contemplar la forma en la que miras mi pequeñez, pues en ello encuentro el más puro amor que todo un Dios expresa a sus pequeñas criaturas…

Lectura Bíblica: San Juan 4, 7 – 26:

Leo el texto detenidamente, luego de hacerlo, me dispongo a contemplar la escena en la cual Jesús habla con la samaritana, trato de poner en mi mente la imagen del Señor y me involucro en este diálogo…

Jesús conoce lo oculto de mi corazón, trato de sentir como Él me habla de los pecados más ocultos que tengo o he tenido, lo siento en mi corazón hablándome de las cosas que nadie sabe…

En este instante, traigo a mi mente las dudas e inquietudes más grandes que tengo; los problemas, los disgustos, las enemistades o cualquier otra inquietud que no me deja estar tranquilo; le manifiesto al Señor estas cosas y escucho su opinión. (¿Qué piensas Señor de esto…?).

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